Otra cosa que no entiendo de los bañistas es su capacidad para medir distancias.
O su incapacidad, mejor dicho.
Ayer mientras mi hermana se bañaba, yo observaba a una familia dominguera típica (nivel: padre con el toro de osborne tatuado en el tobillo) tomar posesión de un sitio, considerablemente grande, a nuestro lado.
Dos sombrillas para 4. Plantan la primera a una distancia correcta. Pero la segunda (como el árbitro del Brasil-Italia que cambió de opinión conforme estiraba el brazo para pitar penalti), después de dudar la colocan peligrosamente cerca de la toalla de mi hermana. Tan cerca que yo calculo que le van a hacer sombra a ella.
Ellos me ven observarlos pero ni se inmutan y con el morro más descarado que he visto en mucho tiempo, extienden una esterilla que roza, literalmente, nuestra toalla. LA ROZA. Me descojono porque no sé qué es más grande, si su estupidez o su desfachatez.
Mi hermana sale del agua y flipa. Amigos nuevos. Yo me hubiera quedado y hubiera estirado las piernas hasta plantarlas en su puta esterilla, pero mi hermana prefirió cambiarse de sitio.
Al poco, dos parejas jóvenes (nivel: el colega mazado con Muay thai tamaño enorme tatuado en el brazo) se colocan a nuestros pies y lo mismo, a pesar de tener sitio de sobra, se pegan tanto que la cabeza del mazado casi roza los pies de mi hermana.
Tenemos imán.
Como moscas a la miel-da.
Que yo entiendo que a veces hay que achucharse un poco, pero establezcamos un criterio universal.
Cuando tu cabeza está más cerca de mi entrepierna que de la de tu novia, te has acercado demasiado.
Así, a ojo.

